De Cuba, la tranquilidad, la religión y la rumba

***Actualización (02/09/19): he incluído un pequeño capítulo sobre la religión Yoruba, para que se entiendan mejor las reflexiones***

Era casi la media noche. El barrio de Nuevo Vedado, en la Habana, no tenía ni una luz prendida en las calles. Las sombras y ruidos del zoológico vecino creaban un ambiente digno de películas de terror. Aun así, caminaban por las banquetas mujeres jóvenes en minifalda y hombres escuchando música en su celular. Yo acababa de llegar del aeropuerto a mi alojamiento, era mi primera noche en la isla. “Puedes caminar a donde quieras, a la hora que quieras, aquí no hay crimen” —me dijo Wilberto, quien se convertiría en mi padre cubano los siguientes 22 días.

Tan acostumbrado a los gobernantes mexicanos —de todos los colores— que suelen acusar a los pobres de ser la causa del crimen, yo no podía entender por qué una ciudad como La Habana no tenía ni un ápice de delincuencia. El cubano promedio apenas consume su consumo mínimo de subsistencia, las jornadas laborales son larguísimas (el nivel de ocio es mínimo o inexistente), el salario no alcanza para comprar la canasta básica, la inflación de algunos productos valuados en dólares (CUC) es ridículamente enorme en comparación con el ingreso en moneda nacional (CUP), las tiendas del Estado suelen quedarse sin productos, el servicio de salud es gratuito pero hay escasez de medicinas. Vaya, abunda en cada cuadra evidencia de una pobreza mucho mayor que la mexicana; sin embargo, no hay delincuencia. Las siguientes semanas puse esto a prueba de formas incluso absurdas, siempre con el mismo resultado: una enigmática tranquilidad al pasear por La Habana.

«Es la policía y la represión del gobierno” —me dijo mi segundo padre, un estadounidense con un muy ortodoxo método de entender a la seguridad pública. Dicha hipótesis parecía sostenerse en el centro de la ciudad, con un par de policías de look bastante severo en cada cuadra. Pero en Nuevo Vedado no había ni un policía, en Miramar apenas vi un par y en Guanabacoa no vi uno solo. Este último es quizá de los municipios más pobres de La Habana; pero también es de los que más tejido social tiene, con una espiritualidad tan profunda que si las cosas te empezaran a salir mal, a la primera de cambio los cubanos te recomendarían ir a Guanabacoa (para consultarte con algún religioso).

La tranquilidad en la CDMX y en La Habana

Quizá en la Ciudad de México estamos tan mal, que ya ni cuenta nos damos; es necesario ir a Cuba para entenderlo. En mi primer día de regreso en la CDMX, casi me roban el celular por traerlo en la mano, desacostumbrado a no andar sacándolo en público. En el metro no falta el vivo que trata de sacarte la cartera. En el centro, el par de rateros que andan cazando despistados. En la terminal de autobuses, los extorsionadores de viajeros desprevenidos. Abajo de los puentes o en las construcciones, el acosador/violador de cualquier jovencita que haya tenido que cruzar por ahí. Aquí todo está de cabeza.

No puedo siquiera imaginar a alguna de mis amistades cubanas caminando por La Habana, mirando hacia todos lados, buscando algún acechador que quiera robarles, violarles o matarles. En mi primer día en una Gua Gua (el transporte colectivo cubano), una señora que iba sentada me ofreció cargarme la mochila —yo iba de pie—; pero sólo logré hacerla enojar, cuando mi intento de ser cortés resultó en una clara muestra de desconfianza. “Aquí no es México, no te voy a robar nada” — me espetó, mientras la vergüenza me tiraba la cara.

Los días y los mojitos me fueron quitando lo nervioso. Pronto me encontré a las 5 de la mañana subido en almendrones (vehículos de cubanos que suelen ser taxis no oficiales), regresando de algún bar o fiesta en casa de desconocidos. En una ocasión me hice amigo de dos prostitutas con quienes tuve la plática más increíble sobre las ventajas y desventajas de enamorarse (las conocí a la media noche, cuando les pedí ayuda para llegar a un bar que no encontraba). No haré una apología —mucho menos una crítica— de dicha profesión; pero no puedo imaginar una versión mexicana de esta historia que no acabe conmigo como víctima de un padrote.

Un día, caminando por el Paseo del Prado hacia el malecón para ver el amanecer, mi mente se perdió imaginando caminos posibles para comprarme un Cocotaxi y ya nunca regresar. Con una economía muchísimo más grande y dinámica, en México nos quitaron la tranquilidad, a cambio de un buen vaso de atole.

Tejido social a lo cubano

En mi segundo día en La Habana, Wilberto me llevó a conocer su hermosa finca urbana. Posterior a su retiro como carpintero, el Gobierno le cedió los derechos sobre dicha finca, de unos 400 metros cuadrados, para que la trabajara. Ahí Wilberto sembró plátanos, aguacates y muchos otros árboles frutales, para acompañar a los mangos que ya estaban. Hoy le vende fruta a las dos o tres manzanas que le rodean ( la finca está detrás de su casa). Caminar con él por esas calles es como ir con una estrella de cine; todo mundo lo conoce, todos quieren hablar con él. Yo no me di cuenta en ese momento, pero al llevarme con él y presentarme a sus vecinos, lo que Wilberto hizo fue asegurarse que la cuadra entera me conociera y me otorgara su protección. A partir de entonces, los vecinos siempre me cuidarían, sonrientes y protectores.

Entre la casa de Wilberto y la parada de la Gua Gua, hay un edificio multifamiliar de unas cuatro torres. Por las tardes, los vecinos del primer piso sacan una bocina a la calle y ponen una mesa con dominó. De todos los pisos bajan para interactuar unos con otros; personas de todas las edades. La música se mejora día con día con aportaciones de distintos vecinos. La fiesta sigue siempre hasta bien entrada la noche. Todos se conocen. Todos se cuidan. La expresión “tejido social” cobra tanto sentido, ante tan claros ejemplos.

A mitad del viaje fue cuando conocí Guanabacoa, invitado por un profesor a su cumpleaños de Santo; evento religioso que me causaba gran expectativa. Perdido en busca de la Calle Tercera, un vecino me dio direcciones: “Ah, claro, ahí habrá hoy un toque. Dale unas cinco cuadras más hacia adelante y luego sólo sigue a la gente”. Me quedé perplejo. Si en México yo fuera a tener cualquier clase de fiesta en mi casa —religiosa o no—, difícilmente mi vecino inmediato sabría algo al respecto. ¡Cinco cuadras de distancia y este vecino sabía que en ese lugar habría una fiesta religiosa! Y tenía razón, conforme me fui acercando vi que varios vecinos se dirigían hacia una casa, el hogar de mi profesor festejado.

Claro que se me puede acusar de citadino, pues esto que no sucede en la CDMX sí sucede en los pueblos de la provincia mexicana. Pero yo no soy nada más de la gran ciudad, soy igual oriundo del bellísimo pueblo de San Miguel de Allende y mi familia tiene conexiones con pueblos muy tradicionales de Morelos (especialmente Tehuixtla, que conocí muy bien en mi infancia). En ninguno de esos lugares, en toda mi vida, he visto tejido social tan fuerte como el cubano. El estándar del tejido social de allá es quizá el climax del de acá.

De la rumba y la calidez familiar

“Raúl ya es otro miembro de la familia” — dijo refiriéndose a mí, la Directora de la Escuela de Bailes Cubanos, Marisuri, en la que yo apenas llevaba un par de días asistiendo para aprender el baile de la gran deidad afrocubana, el excelente orisha Elegua. El comentario me agarró por sorpresa, mientras yo husmeaba en el refri de la casa buscando algo de agua fría. «Esto sí que es mexicano» — pensé — «un invitado vaciando el refri y el anfitrión justificándolo con un ya somos familia». Ese bello paralelismo entre la sangre mexicana y la cubana es quizá la fuente de mi mayor esperanza.

El baile como profesión funciona en Cuba a partir de principios familiares. Las múltiples compañías de baile cubanas trabajan conjunta y estrechamente, enfrentándose al reto de aprender a bailar y de construir coreografías con las cuales puedan presentarse y generar recursos. Los miembros más experimentados toman el liderazgo y le enseñan a los novatos, quienes a su vez traen energías nuevas que refrescan a la organización; creándose una cohesión interna similar a la de una familia. Las academias de baile —como en la que estaba— dan un paso más y crean un espacio para que incluso los turistas podamos formar parte de tales dinámicas.

Por su parte, el mito de que todos bailan en Cuba es eso, un mito (sería como decir que en México todos cantamos con mariachis). El que quiere aprender tiene disponibles talleres educativos para la preservación del folclore (rumba, afro, son, salsa…) o espacios vecinales para practicar, pero no todos —ni la mayoría— optan por aprenderlo. Incluso entre las nuevas generaciones, es el reggaetón el baile que más parece permear; anunciando quizá una desconexión generacional con el folclore. Sin embargo, la fiesta, el guapeo, la sabrosura —características básicas del folclore—; eso sí se encuentra en cada parte de la cultura de las calles y plazas. Basta ir a alguno de los múltiples festivales públicos que suceden en el malecón para verlo. Más tardas en llegar, que en hacer amistades, beber de su ron y ponerte a bailar. Si el baile avanzado y técnico no es la norma general cubana, sí lo es la forma cálida y familiar de su ser, que claramente se conecta con su cultura, su religión y su rumba.

Los excelentes Orishas

En Cuba es normal que una simple decisión del día cruce por el ámbito espiritual, con la bellísima religión Yoruba como eje central. Ir a consultarse con un religioso es un hábito tan común como ir a consultarse al médico, incluso existe cierto nivel de conexión entre ambos tipos de consulta. Una amiga cubana me contó que cuando su hermano se enfrentó a una enfermedad mortal que podría haber terminado con su vida en poco tiempo, el mismo médico recomendó llevar a la par consultas religiosas, resultando en una combinación de tratamientos científicos y espirituales. Cada quien puede interpretar esto de forma distinta, lo cierto es que al menos para el hermano de mi amiga el resultado fue su increíble recuperación.

La religión Yoruba es la principal en Cuba, ampliamente sincretizada con el catolicismo que es la otra religión principal. Me sería imposible explicarla, pero entre sus destacables características está su fantástico panteón de deidades, llamadas Orishas. Cada una tiene su historia, sus poderes; cada una desoculta un aspecto complejo de la existencia. Los practicantes de forma regular interactuan con dichos Orishas y con sus historias (patakies); que en parte son relatos de fuerte contenido moral, pero también de gran profundidad filosófica. Por decir un ejemplo, las fuerzas positivas y negativas de Hegel, profundizadas posteriormente en las mil mesetas de Deleuze, pueden fácilmente ser explicadas por un patakí sobre el nacimiento de Eshu-Elegua.

Lo más increíble es cómo los cubanos practicantes tienen estos patakies a su disposición, como parte de su sabiduría común. Eso genera una constante reflexión sobre el día a día y grandiosas discusiones sobre aquello que trasciende lo mundano. También proporciona un horizonte común, un campo compartido para la construcción de identidad social. En la música y en los conciertos, es normal escuchar referencias a esta espiritualidad. En el lenguaje común es normal que uno a otro se deseen Ashé (un concepto bastante abstracto que es a la vez energía y virtud). En la vida de cada quien es normal que se tengan metas espirituales que le otorgan sentido al día a día.

De reflexiones y caminos

No puedo decir que existe una conexión directa entre el baile y la tranquilidad de La Habana, tantas otras cuestiones forman parte de la ecuación. Pero sí puedo darme cuenta que el tejido social cubano se encuentra al centro y que hay grandes lecciones que en México podríamos aprender de la sociedad cubana. La interacción vecinal, la construcción de sentido, el recordarnos que somos cálidos y compasivos, el olvidarnos de los enojos, el recuperar nuestra espiritualidad y el amor al prójimo, el reconstruir criterios de lo que es y lo que no es correcto; es así en que veo la gran lección que tenemos por aprender.

La única solución no puede ser el crecimiento económico, la construcción de tejido social debe venir antes. Sin tejido social de poco servirá tener una economía más fuerte —en la cual podrían darse incluso peores aberraciones sociales que las que vivimos ahora—. Hace falta que la sociedad civil organizada mire hacia los barrios, hacia las colonias. Que se creen modelos de participación ciudadana que no tengan sólo como fin la participación política, sino que se piense en la participación en sí misma. Una mesa de dominó al pie de un condominio multifamiliar no tiene un fin político, es sólo una mesa de dominó; su fin es que los vecinos la usen para jugar, su efecto es que dichos vecinos se integren y cohesionen.

Tampoco podemos dejar fuera a la espiritualidad, la cual antes que nada debe ser distinguida del moralismo y conservadurismo. No se trata de imponer un modelo ético para todos (como lo quiere hacer el gobierno mexicano actual con su Constitución Moral), sino de fomentar la creación de espacios sociales para la reflexión sobre nuestra inmanencia. Que los mexicanos nos encontremos sin miedo ante las preguntas más difíciles sobre nuestra existencia, en lugar de hacerlas a un lado con el único fin de entrar a una jornada laboral enajenante y a un consumismo sin sentido. Cada quien con sus ideas, cada quien con su religión; pero la espiritualidad debe volver a ponerse adelante. Espacios comunitarios para la meditación y contemplación, el fomento a la lectura sobre temas espirituales, ceremonias ecuménicas que integren lo mejor de las diversas religiones.

Un rítmico verso, de una canción salsera popular cubana, relaciona a dos excelentes deidades Yorubas con todo esto que aquí intuyo sobre el impacto exponencial de la espiritualidad en la vida comunitaria y sobre la importancia de construir tejido social:

“Hay que tener buen carácter, con paciencia y humildad, y verás que un mundo nuevo Orula te enmendará. Quiere bien siempre a la gente, apégate a la verdad y nadie podrá vencerte, con Orula y Elegua.”

Corolario

Mi mayor aprendizaje espiritual de este viaje ha sido el entender que sí, los caminos se abren, pero hay que trabajar y trabajarlos. Existe un mundo de las cosas que son, pero también existen infinitos mundos de las cosas que no son. A este mundo de lo que es y de lo que somos, debemos traer todo aquello que queramos que sea y seamos; trabajando arduamente para alcanzar esos infinitos mundos. Ahí, en ese espacio de arduo trabajo, es en donde se abren y cierran los caminos; con el rítmico y continuo movimiento de trabajarlos. Ahí es en donde veo el infinito potencial de lo que somos, de lo que podemos ser y de lo que seremos. Que las bendiciones de todos los seres iluminados lleguen a ustedes. Que el excelentísimo Elegua no sólo les abra los caminos, sino que les enseñe y ayude a caminarlos.

Om Awi Dewa Hri

Om Mani Padme Hum

Om Tare Tuttare Ture Soha!

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